La ley de la abuelita (o principio de Premack como lo conocemos l@s psicólog@s) es una estrategia, basada en el principio de reforzamiento positivo, que, de forma muy sucinta, dice que podemos reforzar actividades que son poco frecuentes si las hacemos contingentes a la realización de actividades que son más frecuentes.  Por ejemplo, una persona que emplea mucho tiempo viendo la tv y apenas realiza ejercicio físico, podría asociar ambas actividades, dedicando un tiempo a hacer ejercicio (actividad poco probable) para, después, poder ver la tv (actividad más probable).

Como hemos dicho, esto no es nuevo y popularmente se conoce como la ley de la abuelita, porque se ha empleado siempre por familias, maestros/as… De hecho, incluso el refranero español tiene un dicho que alude a este principio, “antes la obligación que la devoción”, en el que se nos invita a posponer aquellas actividades que nos son más placenteras hasta finalizar nuestros deberes u obligaciones, entendiéndolas como menos agradables. Algunos ejemplos que nos resultaran familiares son cuando una madre le dice a su hijo/a “primero los deberes y después podrás ir al parque” o un maestro que le dice a su alumno/a “cuando termines estas cuentas, podrás colorear”.

David Premack (quien se dedicó, entre otras investigaciones, al estudio sistematizado de este principio) observó que las actividades en las que se implicaba voluntariamente una persona en su tiempo libre podían ser utilizadas para reforzar aquellas conductas que se daban con menos frecuencia.

Premack propuso tres pasos para la observación objetiva de aquellas actividades más frecuentes para una persona determinada (extraído de Sulzer-Azaroff):

  1. Enumerar en orden descendente las 5 actividades en las que más se implica una persona (que no sean dormir, trabajar o comer).    
  2. Mantener un registro diario durante, al menos, una semana sobre la cantidad de tiempo que dedica a la realización de cada actividad.
  3. Ordenar las actividades en orden descendente, de mayor a menor tiempo dedicado.

Al finalizar este ejercicio, tendremos una lista con las actividades a las que una persona le dedica más tiempo y, por tanto, tenemos cinco actividades potencialmente reforzantes.

Veamos un par de ejemplos:

Supongamos que una actividad a la que dedico mucho tiempo es navegar por redes sociales. Imaginemos, por otra parte, que dedico muy poco tiempo a estudiar. Podría comprometerme a dedicar un tiempo diario a estudiar (p.e. 1 hora diaria) y sólo después navegar por las redes sociales.

Imaginemos, ahora, un niño que dedica mucho tiempo a jugar al futbol y poco a la lectura. Podríamos establecer que para poder jugar al futbol, primero deba leer.

¿Cómo aplicar este principio? A la hora de aplicar este principio y para asegurarnos una mayor probabilidad de éxito debemos tener en cuenta:

  • Realizar el ejercicio de observación descrito anteriormente para identificar las actividades potencialmente reforzantes. En los casos anteriores, navegar por las redes sociales y jugar al futbol son actividades de alta frecuencia.
  • Escoger siempre conductas que sean importantes para nosotros/as o la persona a quien le vamos a aplicar este principio.  En el primer caso, estudiar es importante para el desarrollo académico mientras que en el segundo ejemplo, la lectura es una actividad estimulante a diferentes niveles para el desarrollo del niño/a.
  • Establecer unos criterios de ejecución. En el primer ejemplo, podría ponerme delante de los apuntes durante un tiempo sin ser “productivo” con el simple objetivo de poder acceder a las redes sociales. En el segundo ejemplo, el niño podría leer “de cualquier manera” solamente para poder ir a jugar. Por ello es importante establecer unos criterios objetivos de ejecución que permitan valorar la realización adecuada o no de la conducta objetivo y, por tanto, el acceso a la actividad más apetecible.
  • Usar ayudas para facilitar la actividad. En ambos casos, podría servir de ayuda establecer un horario para la realización de las actividades, poniendo una señal de inicio de la actividad. En el segundo ejemplo, escoger lecturas centradas en los intereses del niño, inicialmente de pocas páginas, con ilustraciones…  
  • Asegurarse restringir la actividad con la que queremos reforzar la conducta objetivo. Imaginemos en el segundo caso que el chico no lee y, por tanto, no puede ir a jugar al futbol. Pero luego, al final, se le permite ir a jugar al fútbol. Esto interferiría en la aplicación de nuestra estrategia.
  • Uso de fórmulas verbales. Podemos utilizar descripciones como:

“Primero…después…” -> Primero lees, después podrás jugar al fútbol.

“Cuando…entonces…” -> Cuando haya estudiado, entonces podré navegar por internet.

“Si…entonces…” -> Si salgo a correr, entonces podré ver la tv.

  • Compromiso social. Podemos comprometernos públicamente (con nuestra pareja, familia, amigos…) con el objetivo propuesto. En el primer caso, podría comprometerme con mi familia a estudiar todos los días sobre un tema antes de acceder a las redes sociales.
  • Hacer descripciones sobre las actividades y los compromisos realizados y vincularlas con valores importantes. En el primer caso, podría decirme que he hecho un buen trabajo y esto me va a ayudar a conseguir mejores notas, a aprender más…
  • Acceder a la actividad reforzante. Si se ha realizado la actividad menos frecuente (estudiar, leer), entonces debemos acceder (o permitir el acceso) lo más inmediatamente posible a la otra actividad, de forma que ésta última refuerce y fortalezca la primera. En caso de no poder realizarla inmediatamente, se puede establecer una señal que sirva para acceder más adelante a la actividad. Imaginemos, en el caso del niño, que esa semana llueve varios días, podríamos hacer al niño un “vale por un tiempo de futbol” que podría utilizar en otros momentos.

Y tú…¿utilizas la ley de la abuelita? ¿Cómo crees que puede ayudarte en tu día a día?

Cuéntame en qué puedo ayudarte

Entradas recomendadas